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Por Azucena Manzanares

Mi embarazo de ensueño.

Recuerdo mi embarazo como el periodo más feliz e intenso de mi vida. Ayla fue un bebé muy deseado y amado desde el principio. Le hablábamos, cantábamos, acariciábamos mi barriga, le poníamos música, hacíamos canto carnático…

Me sentí plena,  fuerte, mamífera, salvaje. Saboreé el milagro de gestar cada minuto de esos 9 meses y medio. Me informé, me preparé, fuí a reuniones de EL Parto es Nuestro, doulas, yoga para embarazadas, preparación al parto fisiológico y leí unos 70 libros, sino más. Visualicé mi parto una y mil veces, hice un plan de parto y lo presenté.

Al cumplir las 40 semanas esperaba que cada día que pasaba fuera el último con mi preciosa barriguita. Pero pasaban los días y Ayla no daba signos de querer venir al mundo. Estaba un poco impaciente pero tenía claro que no iba a permitir una inducción por embarazo prolongado sin una justificación médica clara. Quería permitir a mi bebé nacer cuando estuviera preparada.

Empiezan las prisas y las ganas de intervenir entre el personal médico.

Tuve que pedir el alta voluntaria en un control de monitores, en el que durante dos días seguidos me presionaron hasta que me hicieron un Test de Pose o de Oxitocina y acabaron intentando inducirme el parto sin mi consentimiento, teniéndome que desenchufar yo misma el gotero y siendo acompañada hasta la puerta por los ginecólogos que repetían sin parar que mi hija podía morir. Ese suceso sacudió nuestro equilibrio, empoderamiento y fuerza. Intentamos reponernos durante los 4 días siguientes y decidimos cambiar de hospital a uno Ihan para el día del parto.

Al fin, en la mañana del 15 de septiembre de 2015 rompí aguas embarazada de 41+3 semanas. Fuimos esa mañana misma al hospital, ya que dudaba si había algunas trazas de meconio en el líquido, pensando que si todo estaba bien, o me mandarían a casa a esperar que se desencadenara el parto en las próximas horas, o me ingresarían en planta a esperar lo mismo. Pero cuál fue nuestra sorpresa, que lo primero que hicieron es decirnos que iban a inducir. Peleamos para que aguantaran unas horas (yo sentía que esa misma tarde me iba a poner de parto) e intenté negociar renunciando a la monitorización intermitente para ganar tiempo. Pero una vez más, presionaron y presionaron en el momento más vulnerable de mi vida, hasta que accedí a ello.

Los juicios de otras mujeres al contarles mi parto.

Muchas estaréis pensando que no debí hacerlo, que pude ser más fuerte, que me dejé vencer, que tendría que haberme negado y mil millones de razones más, que yo misma pensé durante mucho tiempo antes de estar allí, cuando otras madres me contaban las intervenciones y sinsabores que sufrieron durante el momento más importante de sus vidas. Y ahora os digo, a todas las mujeres que estáis embarazadas, a las que conseguísteis tener un parto respetado y maravilloso, a las que nadie interfirió en su toma de decisiones, a las que nadie amenazó con la muerte de sus bebés sino obedecían las indicaciones y a las que al contrario, también pasásteis por todo lo mencionado como yo: No, no lo pude hacer mejor. No pude tener más fuerza de la que tuve, ni entereza, ni valentía. Porque quien lo hizo mal, no fuí yo. No debería tener que cambiar de hospital dos veces para que se respetaran mis decisiones ya que la ley me ampara. No debería tener que luchar para evitar intervenciones desaconsejadas, desactualizadas y en contra de la evidencia científica. No debería tener que pedir que se cumpla lo que la Estrategia para el Parto Normal dice. La suerte no debería elegir si los profesionales que me atienden sean actualizados y respetuosos, o no. No debería ser necesario presentar un Plan de Parto si escucharan nuestras necesidades y elecciones, nos hicieran partícipes y protagonistas de nuestro parto y cumplieran las recomendaciones de los organismos internacionales. Los profesionales que acompañaran a las embarazadas de bajo riesgo deberían ser las matronas y no los ginecólogos. Se debería respetar el sagrado proceso fisiológico que es el parto.

La unión hace la fuerza.

No critiques, juzgues, ni pienses mal de una mujer que pasó por un parto que no fue el que esperaba. Porque ella es la principal víctima junto con su bebé de estas experiencias deshumanizadas, encarnizadas, traumáticas y protocolizadas. Les robaron su libertad, su dignidad y su momento único e irrepetible.

Mujeres, la guerra está en otro sitio: Informémonos, apoyémonos, reclamemos, hagamos visible la violencia obstétrica, luchemos a una, todas juntas por nuestro bien personal y colectivo.

Mujeres, hermanas, comadres, unámonos. La victoria se consigue si vamos todas de la mano y nadie es capaz de separarnos. No dejéis que nos venzan. El cambio está en marcha.